¿306?… central :307 a la hora
La rutina de ser guardia en una farmacia puede ser agobiante, aunque siempre cambia de maneras inverosímiles.
Llego a las 7: 45 am. Espero a la química farmacéutica para ayudarla a abrir candados y rejas. Mi salida es a las 4:00 pm, el otro turno comienza a esa hora y finaliza a las 12:00 de la noche. Un día en la semana debo trabajar de las 8:00 a las 12:00 de la noche. Esos días sientes la muerte en vida. Posteriormente entro y me cambio de ropa. Afortunadamente mi uniforme no es tan ridículo como otros que yo había visto antes. Tipos vestidos de cucalón, pantalón corto y falso chaleco antibalas—porque…, no sé si lo sabían, pero ese chaleco no es antibalas—además del equipo de comunicación.
A eso debemos agregarle las peculiaridades físicas de esta raza admirada por Alonso de Ercilla y el resultado es lejos lo más cercano a una mezcla entre un ejercito imaginario vestido por JP Gaultier y personajes de Alejandro Jodorowsky. Por suerte yo uso pantalón negro y camisa celeste, además del mentado falso chaleco.
La primera semana es de adiestramiento. Eso descontando un par de días a los que la empresa para la cual trabajo los denomina patudamente “inducción”.
Es una palabra de fea connotación, tiene el sabor de los años duros de la guerra fría entre la KGB y la CIA. Suena a un mes de tortura en Bagdad cortesía de Blackwater. Solo para entrar en onda con la pega.
Acá en Chile es distinto. La inducción solo es la charla cotidiana de un par de tipos. Uno le explica a otro en que consistirá el trabajo. Además de los trucos para evitar hacerlo de manera que su integridad pueda verse seriamente afectada. Cómo encender equipos de comunicación, firmar el libro de manera que la Inspección del Trabajo no note el engaño y los fraudes.
Se agrega un minucioso y detallado prontuario de la vida sexual y las intrigas de zarzuela de cada uno de los trabajadores del recinto.
Acá las madres solteras, promotoras y vendedoras son el objeto de estudio. Afortunadamente mi interlocutor posee una halitosis digna de ser investigada por inspectores de la ONU como un caso de guerra química, así que todas sus hazañas y proezas erótico sexuales solo arrancan de mí un distante e incrédulo: “ya…”. Finalmente llegamos a los ladrones. Conocidos acá como “mecheros”.
Él me explica con detalles quienes son los ladrones que operan en el sector. Me describe sus apariencias y modus operandi, me cuenta qué días y a qué horas se dejan caer. Cuales son sus productos favoritos, cuales son dóciles y cuales no.
Las grandes diferencias metodológicas entre un ladrón santiaguino y uno porteño. Sus nombres y apodos son tema aparte; “La banda de la guatona Marcela”, “La viuda y sus duendes” y “Elvis cocho”.
Pero lo más útil es el aprender a mirar hacia la calle. Sí, parece una forma de evasión laboral, pero en realidad es como tomarle el pulso al bajo mundo. Después de un par de días uno puede distinguir con claridad los ladrones de los transeúntes a pesar de cuan bien vestidos éstos puedan estar. Aunque claro no todos pueden desarrollar ese don.
Acá lo más importante es administrar la violencia y el amedrentamiento, de manera que los tipos piensen que uno no les teme, porque si les demuestras miedo tu carrera de guardia se acaba antes de que pueda comenzar. Y créanme amigos, apenas ellos notan que hay guardias nuevos. Serán puestos a prueba.
De hecho conocí durante los cuatro meses en que trabajé en esa farmacia a un par de tipos que fueron a trabajar. Ambos no duraron más de tres días.
No me malinterpreten, esto no se trata de ser Harry el sucio o un gurka, el otro guardia es más pequeño que yo pero es tan o más flaite que un mechero. A una mechera vieja que lo escupió, él la sacó a patadas, a otro que lo empujó lo dejó momentáneamente ciego con una generosa rociada de Axe “action man” en los ojos. Posteriormente también lo echó a puntapiés.
Ahora el tema aquí es que a pesar de que los guardias son una especie de extensión de Carabineros gracias a un curioso monopolio de instrucción y acreditación asegurado durante la dictadura y del cual éstos profitan —ya que un cursito de guardia cuesta por lo bajo 50 lucas, aunque los he visto más caros— no existe un tribunal de ética y disciplina del buen guardia, o el foro de las buenas prácticas del guardia y menos algo así como el código de ética de la profesión.
No, acá solo se trata de reclutar, “entrenar” y disponer de un contingente de rotos para evitar que otros rotos roben donde la gente debe pagar por las cosas que compra. De manera que los excesos y la falta de sentido común por parte de éstos pueden ser habitual. Aunque siempre hay excepciones.
Los buenos ladrones pasan inadvertidos, e incluso cuando los atrapas tratan de seguir pasando inadvertidos, porque su intención es volver a robar en el mismo lugar cuando haya cambio el turno y por ende los guardias cambien. De manera que evitan el conflicto, los gritos y los insultos. Además visten bien. Saben mimetizarse con el gusto del burguesillo promedio. Algunos ya identifican marcas de ropa que solo pueden asociarse con el inconfundible grupo ABC1. The North face, Columbia, Zara y Chemise la Coste son algunas de las marcas preferidas por los ladrones profesionales, saben que eso es mejor que tratar de entra a un recinto vestido con una polera de Colo Colo o una gran camisa regaetonera.
Durante dos semanas un tipo de aproximadamente 40 años impecablemente vestido que siempre hablaba por su Blackberry, mientras que en la otra mano llevaba un ejemplar del mercurio de Santiago me visitaba por las mañanas.
La rutina era siempre la misma, entraba y me saludaba cortésmente, luego se dirigía al cajero automático y luego al mesón farmacéutico para después buscar algo entre las góndolas. Mi estructura de juicios y prejuicios aún no era permeada por la experiencia, así que para mí el tipo no implicaba problema, hasta que un día al arreglarse el cabello, la manga de su camisa se corrió dejando ver un auténtico tatuaje canero. De aquellos que se hacían con tinta de pilas. La figura era un alacrán con unas iniciales.
Eso fue todo, lo vigilé con atención y ese mismo día lo pillé. Daba un par de vueltas—siempre fingiendo hablar por teléfono—y en el pasillo de las cremas sofisticadas caras metía dos en el pliegue que se forma al doblar el mercurio con todos sus cuerpos.
“Mira este conchesumadre…”, pensé, luego me di cuenta de lo genial de su proceder. Tampoco estoy sugiriendo que el tipo debería ganarse un Nobel, pero su método era bueno, y su actuación se come a todas las tablas nacionales. Porque acaso un buen ladrón, ¿no tiene un poco de artista, un poco de mago, charlatán y sobre todo actor? Si a eso le agregamos buena apariencia, sus posibilidades son elevadas.
Esperé en la puerta al tipo del blackberry. Cuando se disponía a salir raudamente me puse delante de él con la luma en la mano y sin alterarme le dije: “las cremas”.
Me miró a los ojos sonriendo y abrió el diario para pasármelas. Luego dijo gracias y hasta luego. Lo dejé ir. Nadie supo jamás lo que había pasado. A veces el tipo pasa por la calle y desde la vereda me saluda amablemente.
Llega el verano y la ciudad es invadida por hordas de delincuentes santiaguinos que vienen a “vacacionar”. Algunos son francamente burdos en cuanto a su puesta en escena. Los puedes distinguir a media cuadra. Con el guardia que trabaja en la librería de al lado nos reímos cuando los vemos pasar, e incluso no les permitimos la entrada ya que los recintos de este tipo pueden reservarse el derecho de admisión.
Yo había trabajado de guardia en topless, discos y bares, y durante mucho tiempo había evitado el trabajo de guardia de comercio, pero el dinero es un anestésico fuerte. Y las deudas nos alcanzan a todos.
Soy el único guardia en el turno. Es decir solo somos dos guardias para la farmacia. Eso también quiere decir que cada vez que se produce un problema con los mecheros debo encararlos solo. Mis éxitos son anónimos, pero mis fracasos son tema de debate público. Todos los funcionarios del local—incluyendo a los más alfeñiques—me dicen qué es lo que debí haber hecho en tal o cual circunstancia. Dándome instrucciones de artes marciales y tips del cine de acción.
Claro, a ellos nunca los ha amenazado de muerte un trío de precoces mecheros. Y cuando eso pasa uno piensa seriamente en renunciar. Pero la rutina vence al miedo y uno sigue.
Durante un mes había sido visitado por una parejita de ladrones. Ella rubia y embarazada, él; moreno y totalmente onda yingo. Los pillo, y cuando viene la parte en que deben entregarme lo robado descubro que no andan solos. Son al menos cuatro. Dos se me tiran encima con patadas y combos de pleito futbolero. Yo resisto y tiro unos palos. El público se da cuenta del pugilato y se desata el show. Las chuchadas vuelan, y decido dejarlos ir cuando veo que se descargan. No pasan ni tres horas y la mina rubia vuelve. Caliente todavía por el incidente anterior, decido detenerla, así que la dejo robar y cuando sale la agarro.
Grita, patalea e incluso intenta ponerse seductora. Pero mi voluntad de verla en cana es más fuerte. Aunque ahora que lo pienso mi verdadera motivación es la venganza. Luego se producen diálogos extraños entre ambos.
Me pregunta si soy soltero y si me gustan las putas. Decido cortar la conversación. Miro su vientre, y le pregunto cuántos meses de embarazo tiene.
Me responde que cinco. Yo le digo: “¿y ya sabes si va a ser ladrón o ladrona?”
La tipa guarda silencio mientras me mira con silencioso odio. El tiempo pasa y comienzo a desesperarme. Los pacos no llegan—aunque ellos me han dicho que “no los moleste con robos chicos, la cosa es de una UTM pa arriba”
Ella me asegura que saldrá libre porque apenas robó menos de una UTM.
Yo comienzo a desmotivarme, pero ella cambia de actitud. Ahora me suplica que la deje libre que por favor no la deje tener a su hijo entre rejas. Que la jueza ya le advirtió que la próxima no sería un patillazo.
Presiento la histeria, el llanto y el descontrol. Los clientes comienzan a mirarla con compasión. Y más de alguno me dice que la suelte.
Saca de su chaqueta un celular—para llamar a su mamá, dice ella—se pone de pie y llama. Nadie contesta, repite la operación un par de veces hasta que se pone a llorar desconsoladamente. Intenta llamar otra vez, pero el aparato se le cae de las manos.
No sé si por cortesía, o por culpabilidad, me agacho para recogérselo. Pero ella me da un rodillazo en la cara que me lanza al suelo lejos de ella.
Me recupero, y lo primero que siento es el sabor de mi propia sangre entrando a mi boca desde mi nariz. Ella corre y la veo desaparecer en la esquina. Aún en el suelo me estiro para alcanzar el celular. Solo es la carcasa. Está relleno de papel, no tiene batería. Es falso.
Un par de horas después comienzo a sentir admiración por ella. Cuanto valor…, pienso. Aunque mi hemorragia nasal comienza otra vez y mi admiración se desvanece mientras me hago un tapón con confort rociado con Coral.
Luego de ese episodio mi valor es renovado y ya los tipos no entran a robar más. Excepcionalmente ladrones nuevos aparecen de vez en cuando, pero nadie con el estilo de la rubia. De hecho algunos son torpes y cuando los miras mucho se ponen a insultarte y se les cae lo robado.
Mi proxeneta es electrónico. Es una radio a la cual debo responder cada una hora. Mi interlocutor pregunta “¿306?” y yo respondo “307 a la hora”.
Es un diálogo esquizoide, pues el 306 significa; ¿alguna novedad?
Y mi respuesta es: sin novedad a la hora. Cuento aparte merece el hecho de que puedo escuchar las conversaciones que de las otras farmacias se tiene con la central de comunicaciones de la empresa. Algunos tipos tratan de hablar como policías, pero con la voz del perro de Lipigas. El resultado es hilarante.
En ese extraño lenguaje todo se significa en números. Yo no soy un guardia, soy un 323. Los mecheros un 314, o algo así.
El tiempo pasa y el escándalo de la colusión estalla. Ahora debo enfrentar algo peor que los ladrones, la estupidez del chileno promedio. Durante estos cuatro meses he sido tratado como basura, pero ahora me transformo en; “yanacona del imperialismo”, “rottweiler del neoliberalismo” y mi favorita; “proxeneta del dolor y la enfermedad”.
Un mechero me dijo esa semana: “ahora los ladrones son ustedes, jajaja”. Creo que tan errado no estaba.
Por Andrés Rojas


buena columna Andrés, buena pluma, entretenida se me pasó volando…”yanacona del imperios” jajajja buenísimo. Nos estamos viendo.
saimon
Así que dejando chico a Tin-tín el aventurero?
También muy buena la gráfica!!!
Muy bueno el relato del Guardia de la Farmacia. Creo que tiene razon con respecto a el vocabulario que usan algunos guardias, en especial en los supemercados , son flaite como dice el, creo que las empresas conraantes arriesgan el prestigio , no invierten como corresponde en el Guardia , estos deben a lo menos vestirse bien, buen entrenamiento , defensa personal , capacitacion ,bien vestido ,etc,etc .
A su vez los guardias que saben su trabajo y que tienen vocacion de servicio y les gusta el trabajo de la seguridad , debieran ellos mismos preocuparse y cuidar su imagen. Tengo entendido que bienen cambios drasticos a todo lo relacionado a la seguridad privada en chile . Ojala no mas flaites , mayor profesionalismo y menos mediocridad .
Saludos
Sin duda me siento un prejuicioso con el rubro de los guardias, pensaba que todos eran hueones que hicieron el servicio militar, dejaron a la polola embarazada de tercero medio y se dedicaron al trabajo de perro del neo-liberalismo. Muy buen texto, gracias. Fueron entretenidos 7 minutos.
Excelente historia, desde ahora mirare con un poco mas de respeto a estos, al igual que yo, esforzados señores